A VENIDA DEL
ESPÍRITU SANTO SOBRE EL COLEGIO APOSTÓLICO
Después de la Ascensión
del Señor, cuantos le habían acompañado de Jerusalén al Monte de los Olivos
regresaron a la Ciudad, y perseveraban constantes en la oración, en compañía de
María, la madre de Jesús, aguardando el cumplimiento de la promesa del
Resucitado: «Vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos
días... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y
seréis mis testigos...»
Al llegar el día de la
fiesta judía de Pentecostés, cincuenta días después de pascua, y de la
Resurrección del Señor, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente
vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó
toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de
fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el
Espíritu les concedía expresarse.
Había en Jerusalén
hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al
producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles
contar cada uno en su propia lengua las maravillas de Dios. Entonces Pedro,
presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes
todos de Jerusalén: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, sino que
Dios ha derramado sobre ellos su Espíritu. Escuchad, israelitas: A Jesús,
hombre acreditado por Dios, vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz por
mano de los impíos, pero Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos de
ello. Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo
prometido, y ha derramado lo que vosotros veis y oís. Sepa, pues, con certeza
toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a
quien vosotros habéis crucificado». Al oír esto, dijeron con el corazón
compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?»
Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en
el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don
del Espíritu Santo».
El día de Pentecostés
se cumplieron las promesas de Cristo: «Recibiréis el Espíritu Santo..., Él os
guiará hasta la verdad completa..., os lo enseñará todo y os recordará todo lo
que yo os he dicho..., seréis mis testigos...»
La escena de
Pentecostés es una de las más llamativas y espectaculares por sus efectos;
entre otros, el cambio radical producido en los apóstoles. A pesar de los
reiterados esfuerzos de Jesús, los discípulos eran tardos y torpes en entender
y asumir sus enseñanzas; así, incluso después de la Resurrección y ya camino
del Monte de los Olivos el día de la Ascensión, seguían preguntando al Señor:
«¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?»; por otra parte,
manifestaron en diversas ocasiones estar dispuestos a dar la vida por Jesús,
pero luego, a la hora de la verdad, se dispersaron abandonándolo, se encerraron
en el Cenáculo por miedo a los judíos, se mostraron pusilánimes y hasta
cobardes.
Sin embargo, el
Espíritu Santo los transformó por completo, les dio la inteligencia del mensaje
de Jesús, los volvió audaces y grandilocuentes para predicar ante la
muchedumbre, los liberó de sus miedos... ¿Quién diría que eran los mismos
hombres de unas horas antes? Y aquel acontecimiento fue sólo el comienzo,
porque a partir de entonces, asumiendo plenamente la misión que Jesús les había
conferido, no cesaron en su tarea evangelizadora y extendieron por el mundo la
Iglesia del Señor aun a costa de su propia vida.
Al contemplar y meditar
el misterio de Pentecostés se ve con mayor claridad cuán necesaria es la
oración perseverante para prepararse a recibir al Espíritu, y dejarle a su
disposición todo el espacio y energías de la propia vida, y qué maravillas
puede hacer ese Espíritu en quien lo acoge y le deja actuar como le plazca.
María, la «llena de
gracia» desde su concepción, tuvo siempre una muy especial relación con el
Espíritu Santo. El día de Pentecostés estuvo presente con los apóstoles en el
amanecer de los nuevos tiempos que el Espíritu inauguraba con la manifestación
pública de la naciente Iglesia, a la que ella acompañaría como madre en sus
primeros pasos.